El corsé, la libertad y yo

Mi madre no es buena costurera, le produce jaqueca y lo hace a desgana. Un día andaba por la bóveda de nuestra vieja casa haciéndome uno de esos vestidos de gitana que tenía que lucir en los concursos de flamenco, pero le dolía la cabeza más de lo normal. Por más que lo medía no podía entender cómo el traje rozaba por un costado el suelo y por el otro no, así que acabó llevándolo a la academia  para compararlo con el de las otras madres. No había ningún error.

Fue entonces cuando me diagnosticaron una escoliosis múltiple de 27 grados de desviación en la zona cervical y 48 en la lumbar que, hablando en términos coloquiales, significa que estaba y estoy más torcida que la cola de un chancho. Aquella fue mi última actuación y quizás la primera vez que me rompieron el corazón. Con mucho dolor le dije adiós a mi deseo  de haberme convertido en una Yerbabuena y más tarde acabé conformándome con ver y compartir sus vídeos de Youtube.

noe peque 3Teníamos dos opciones: echarle cuchillo a esa columna y llenarla de unos tornillos que ahora también os estarían saludando o pelear entre todos e intentar solucionar el inconveniente con un corsé. Optamos por lo segundo: primero me pondrían uno de yeso y después otro de hierro que llevaría conmigo durante cinco años.

Como el caso era extremo  los médicos decidieron someterme a una especie de tortura china antes de colocármelo: durante quince días sin perdonar ni un minuto me mantuvieron atada a una cama de hospital con correas por la cintura y otras por el cuello, del que caían bolsas con diferentes pesos con la idea de estirarme. El único descanso era cuando dos tipos de blanco me llevaban en camilla a la sala de rehabilitación, que compartía con Ismael de Gran Hermano. Él estaba recuperándose de un accidente de tráfico y estaba hecho polvo, pero yo era fan y por lo tanto, era un momento feliz.

Imaginaos una portería de fútbol pero sin red y en medio una tabla de madera. Ahí me tumbaron después de esos quince días de entrenamiento para ir a la guerra estirada de pies y brazos. Dos hombres grandes me cogieron de un extremo y otros dos del otro. Empezaron a estirar. Uno hablaba de que se le había muerto el pájaro y mientras, yo creía partirme en  dos. Cuando esto estaba a punto de pasar, el quinto hombre de Dios me ató a la susodicha portería, quitó la tabla que me sostenía y me enyesó desde el cuello hasta la mitad del trasero dejando un pequeño hueco para el pecho que nunca creció. Yo creo que del trauma.

Al llegar a casa tenía que hacerme a la idea: no podría bailar más ni hacer muchas otras cosas durante largo tiempo. Y como una niña de 13 años no puede entender eso por más que se lo intenten explicar, mi madre sacó una vajilla de la vitrina para que la rompiera y me quedara a gusto. Y lo hice. Plato por plato. Creo que ella también. Y en ese momento decidimos que se acababan los llantos y las tonterías, “que hay cosas mucho peores”. Y cierto era y es.

El proceso se repitió dos veces  durante los siguientes nueve meses hasta que finalmente me colocaron uno de hierro que no sirvió absolutamente para nada y que como os dije, llevé durante cinco años más. Y nos hicimos amigos, incluso. Ya no me molestaba tener que llevar unos alicates en la mochila del cole por si se me quedaban atrancados los cierres cuando iba al baño sino que los llevaba en la mano, con dos cojones. Tampoco me importaba la crueldad de los niños malos cuando me llamaban Godzilla y cosas por el estilo, me hacían reír la mayoría de las veces y las otras me quería teletransportar, obviamente. Más adelante tampoco me importó lucirlo en la playa, ni hacer bromas, ni coquetear con un chico y desorinarme viva cuando veía la cara que ponía al tocarme. Hacía los ejercicios de gimnasia por mis santos ancestros hasta que se me rompía el bicho con tal de no ser la inútil que se tenía que quedar sentada, y cuando no había más remedio que esperar a un lado, aprendí a disfrutar de ver a mis compañeros pasándolo bien y saludándome desde lo lejos.

Progresivamente me fueron quitando de encima aquello durante una hora primero, dos horas después, cuatro, seis, doce… Y creo que ni uniendo la felicidad de todos los compañeros de la clase se podía comparar con la que yo sentía durante esas horas de libertad extrema.

Han pasado 10 años desde que me lo quitaron para siempre y mi espalda sigue exactamente igual de torcida: 27 grados arriba y 48 abajo. Creo que la amable práctica del corsé de yeso ya ni siquiera se hace, que “es una locura”, me dijo por ahí un amigo médico.  Y sigue doliendo lo mismo, además.  Pero de aquella experiencia aprendí.  Aprendí que luchar entre dos es más productivo que luchar sola, y a darle las gracias a mi madre. Aprendí que hay que pensárselo dos veces cuando alguien te dice que no puedes lograr algo porque cuando uno lo desea con el alma, el cuerpo a veces responde. Aprendí a querer superarme y a ver en lo diferente una expresión de belleza o una oportunidad. Aprendí a ser persistente y a disfrutar del camino largo. Y sobre todo aprendí que la libertad es tan íntima y está tan cerca, que sólo se puede experimentar cuando somos capaces de quitarnos nuestros propios corsés mentales, de hierro o de yeso. Y para eso no hay que irse lejos, ni viajar. Basta con aceptar que vayas donde vayas la vida es más agradable cuando te llevas bien contigo mismo.

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