De niña a mujer Wayuú en un encierro de doce lunas [FOTO-Reportaje]

Bogotá – Guajira. COLOMBIA// Hablan los abuelos acerca de la existencia de cinco jóvenes Maleiwa que vivían cerca del arroyo de Wotkasainru’u. Wolunka, hija de la lluvia y de la tierra, cada vez que los escuchaba salía de la laguna donde acostumbraba a bañarse desnuda, se vestía con prisa y corría en búsqueda de los muchachos.

Un día los jóvenes la esperaban escondidos en los matorrales armados con arcos y flechas. Wolunka llegó y, como de costumbre, se desnudó y contempló el agua cristalina antes de adentrarse en ella. Cuando por fin se decidió a saltar los jóvenes pudieron ver su vagina dentada y el mejor de los tiradores de arco disparó una flecha dando en el blanco. Los dientes cayeron y el agua se enrojeció con la sangre de Wolunka. Quedó la mujer como si estuviese muerta tendida sobre las aguas. Los muchachos la socorrieron y la recostaron sobre las piedras, donde dejó plasmada su sangre.

Así tuvo la mujer Wayuú su primera menstruación.

Mito de Wolunka, cultura Wayuú.

Abuela Wayuú tejiendo una mochila. Cabo de la Vela, Colombia. Fotografía: Noelia Vera
Abuela Wayuú tejiendo una mochila. Cabo de la Vela, Colombia. Fotografía: Noelia Vera

El encierro

Niña Wayuú en su ranchería. Cabo de la Vela, Colombia. Fotografía: Noelia Vera
Niña Wayuú en su ranchería. Cabo de la Vela, Colombia. Fotografía: Noelia Vera

La comunidad indígena Wayuú, situada geográficamente en la Guajira que unifica Colombia y Venezuela – en el extremo norte de ambos países-, cuenta el tiempo en soles, lunas y lluvias. Así, un año son 365 soles, 12 lunas y una precipitación.

Doce lunas (un año) es el periodo en el que las niñas en pubertad que van a tener su primera menstruación son encerradas en rigurosa soledad en una ranchería tapada por cortinas para dejarse inculcar valores y costumbres femeninas propias de la comunidad y que dan paso a la edad adulta. Se trata de un ritual ancestral que, más allá del impacto que pueda generar en las culturas occidentales, es considerado por los Wayuú más tradicionales como un honor para la mujer y su familia, que logran obtener un nivel de respeto superior después de salir exitosas de este sacrificio personal.

Durante el encierro, que puede durar entre un año y cinco, las niñas pasan por varias fases. En la primera y más dura deben estar subidas y quietas “como si estuviesen muertas” en su chinchorro (hamacas típicas Wayuú tejidas por sus mujeres). Nadie las puede ver, tan sólo sus abuelas, sus madres o mujeres que hayan respetado los valores y rituales de la comunidad y que sean muy cercanas a ellas. Bajo ningún concepto pueden ver o dejarse ver por hombres.

Cuando la menstruación llega se le dan a la adolescente recluida tres baños al día y uno de luna, es decir, se las lava en la madrugada, ya que para los Wayuú el frío ayuda a sacar las impurezas y los malos pensamientos. Una vez que ha tenido su primera regla la madre o la abuela comienzan a enseñarle los quehaceres del hogar y la labor más importante de una mujer wayuú: tejer. Se le corta el cabello y se le inculcan valores como la honestidad, la solidaridad, el respeto y la capacidad para convertirse en mediadora ante conflictos en la familia, pues ése será su rol principal dentro del núcleo afectivo durante el resto de su vida. El proceso se ayuda con el suministro de bebidas medicinales tradicionales (jawapi, kaswo´u y palisse) y con una dieta controlada sin grasas.

Mujeres Wayuú salen a vender artesanía a las playas caribeñas de la Guajira, Colombia. Fotografía: Noelia Vera
Mujeres Wayuú salen a vender artesanía a las playas caribeñas de la Guajira, Colombia. Fotografía: Noelia Vera

Al fnalizar el encierro la abuela y la madre avisan al padre de la salida de su hija para que se prepare y presente en sociedad como una señorita (majayut). Se le compran vestidos nuevos y complementos para la ocasión y se invita a los amigos y a los vecinos a una gran fiesta pública con la comunidad en la que la majayut hace un baile oficial con jóvenes amigos.

Una vez tiene lugar el evento, la señorita y su familia ya pueden estar preparadas para que los señores interesados en quedarse con ella acudan a hacer trueques y ofrendas a su abuela. Cuanto más tiempo haya durado el encierro y mayor facilidad haya demostrado para tejer y ser mediadora, mayor será el valor que adquiera la muchacha siempre y cuando ella y su familia quieran que deje de estudiar y sea vendida. Si lo prefiere, y bajo ninguna circunstancia siendo obligada a lo uno ni a lo otro, puede continuar su carrera profesional hasta que esté preparada para comprometerse en matrimonio. Tendrá la adolescente que asumir, sin embargo, que al salir del encierro ya no podrá jugar, reír o coquetear con cualquier hombre, ni mantener los comportamientos propios de una menor que ya debió dejar atrás.

Rancherías: casas propias de la comunidad indígena Wayuú. Fotografía: Noelia Vera
Rancherías: casas propias de la comunidad indígena Wayuú. Fotografía: Noelia Vera
Vistas del desierto y el mar Caribe desde Jepirra, lugar sagrado para los Wayuú. Fotografía: Noelia Vera
Vistas del desierto y el mar Caribe desde Jepirra, lugar sagrado para los Wayuú. Fotografía: Noelia Vera

La Eterna Noche de las Doce Lunas

Pili, protagonista de 'La Eterna Noche de las 12 Lunas' en la presentación en Bogotá. Fotografía: Juan Santacruz
Pili, protagonista de ‘La Eterna Noche de las 12 Lunas’ en la presentación en Bogotá. Fotografía: Juan Santacruz

‘La Eterna Noche de las Doce Lunas’ es una película documental que da a conocer este ritual ancestral de la comunidad indígena Wayuú a través de los ojos de la realizadora colombiana Priscila Padilla y de las vivencias personales de Pili, la niña wayuú protagonista. La cinta, ganadora del Festival de Cartagena y presente en diversos eventos internacionales, fue posible gracias a la profesora de la niña y a su familia, quienes consideraron necesario difundir y dar a conocer esta costumbre para mantener más viva su cultura, amenazada por las tentaciones del sistema capitalista y los intereses ajenos.

En la presentación en el Planetario de Bogotá el pasado 9 de agosto y ante las miradas de juicio de algunos alijunas (hombres blancos) y los aplausos de otros, la profesora de Pili equiso aclarar que la mujer que ha pasado por este rito tiene un valor incalculable, no económicamente, sino en cuanto a prestigio. “Tiene que quedar claro que es un sacrificio muy grande que ellas hacen por preservar su cultura.”, explicó en un largo debate con el público.

Es la mujer, de hecho, la que da las órdenes de convivencia en una familia Wayuú. Son ellas las que dan a heredar el primer apellido y quien se encarga de la formación de los niños es el hermano de la madre. El hombre puede tener varias mujeres siempre y cuando tenga recursos materiales y humanos para cuidarlas con honradez. En caso contrario la familia de la mujer puede intervenir para llevársela, pero siempre es ella la que toma la mayoría de las decisiones en el hogar y la que se convierte en símbolo de respeto y unidad.

Sobre los Wayuú

terrotorio wayuuHabitan en territorio colombiano y venezolano como una población unificada a través de la Guajira. En Colombia constituyen la comunidad indígena más grande e importante del país, sumando aproximadamente 500.000 personas, lo que supone el 45% de la población total del departamento de la Guajira.

Su lengua natal es el wayuunaiki y para resolver los problemas generales o los que surgen entre ellos los wayúu cuentan con una forma tradicional de juez conocido como el palabrero o pütchipü. Una persona muy importante en la sociedad wayúu es el piachi, quien por medio de sueños y una gran experiencia en trances, se comunica con los espíritus para resolver problemas y enfermedades. Usualmente es llamado para curar.

La Alta Guajira, donde habitan, es un lugar prácticamente desierto a orillas del mar Caribe. La actividad agraria es casi imposible debido a la escasez de agua dulce. Entre sus lugares sagrados se encuentran el Pilón de Azúcar (Jepirra) , una colina en mitad del desierto desde la cual se alcanza a ver las playas doradas del Mar Caribe y donde descansan todos sus ancestros. Allí, entre otros lugares, el padre lleva a la niña que será encerrada para que sus muertos la guíen y la ayuden en este proceso de valentía y entrega.

La Guajira, los wayuú y las compañías mineras

Las industrias de minería metalífera, cada vez más asentadas en territorio latinoamericano, no han ignorado las capacidades proveedoras de materia prima de la Guajira, tanto a nivel nacional como internacional. El 90% de las reservas de carbón térmico del país, de hecho, se encuentra en esta zona del Caribe y es por esto que en este departamento se sitúan los proyectos más ambiciosos de explotación a cielo abierto, según la Fundación para la Educación Superior y el Desarrollo

Muchos nativos de la región fueron desplazados de manera forzosa debido al crecimiento de la mina El Cerrejón, situada en este territorio desde hace décadas. A los wayuús de Media Luna les fue despojado parte de su territorio ancestral, incluido el cementerio, para construir el puerto de embarque del carbón. También los corregimientos de Caracolí, Espinal y Tabaco fueron desalojados. Fue la compañía Intercor la que expulsó a los habitantes o consiguió que estos vendieran por muy poco dinero estas tierras. Para ello se usaron técnicas de presión como la destrucción de sus iglesias, los cementerios sagrados o algunas de sus casas o rancherías, prácticas usadas por ésta y otras compañías mineras, como la brasileña MPX. La periodista Imelda Daza retrata la situación a través de un artículo en el rotativo El Tiempo.

Niña Wayuú juega en las hamacas de una ranchería. Cabo de la Vela, Colombia. Fotografía: Noelia Vera
Niña Wayuú juega en las hamacas de una ranchería. Cabo de la Vela, Colombia. Fotografía: Noelia Vera
Un Wayuú atravesando el desierto. Cabo de la Vela. Fotografía: Noelia Vera
Un Wayuú atravesando el desierto. Cabo de la Vela. Fotografía: Noelia Vera
Niños Wayuú. Cabo de la Vela, Colombia. Fotografía: Noelia Vera
Niños Wayuú. Cabo de la Vela, Colombia. Fotografía: Noelia Vera
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